jueves, 3 de mayo de 2012

Montgomery Clift: Una vida trágica (Montgomery Clift: A tragic life)



Tenía los ojos grandes, grises, hipnóticos. Con una sola mirada podía expresar inteligencia, desesperación, cualquier anhelo o íntimo deseo en sucesiones rápidas, a veces superpuestas. Ese fue su poder. Hay que recordar la forma con que fijó sus ojos en Shelley Winters antes de asesinarla o la mirada de reojo llena de fascinación y de asombro al ver por primera vez a Elizabeth Taylor en la película “Un lugar en el sol”. Montgomery Clift, era aquel soldado yanqui de “Los ángeles perdidos”, que salvó a un niño alemán extraviado entre los escombros de Berlín para devolverlo a la civilización, como una metáfora de la paz. Era aquel cura de “Yo confieso”, dispuesto a guardar contra la propia condena el nombre del asesino que le fue revelado bajo el secreto de confesión. Era aquel joven elegante y suave, que esperaba a Olivia de Havilland con una expresión ambigua de cazadotes enamorado al pie de la escalera de su mansión de Washington Square, en la película “La Heredera”. Era aquel marine obstinado que se negaba a boxear y que hizo sonar su corneta en un estremecedor toque de silencio en “De aquí a la eternidad”. No había en Hollyvood ningún actor al que le sentara tan bien el esmoquin, la sonrisa hermética y un whisky en la mano. Monty era tan condenadamente real en la pantalla -decía Fred Zinnemann- que la gente no creía que fuese un actor profesional. Todas las convulsiones del espíritu siguieron aflorando en sus ojos, aun después del accidente de automóvil que destruyó su bello e impenetrable rostro, pero el feroz combate entre su alma y la máscara había comenzado.
En aquel tiempo era el actor que disputaba el primer puesto a Marlon Brando. Los dos habían pasado por Actor’s Studio. Cuando coincidían en las reuniones se creaba una gran expectación -decían las muchachas de la academia-. No sabían a quien de los dos mirar primero. “Marlon poseía un magnetismo animal y las conversaciones cesaban cuando se acercaba a un grupo; Monty, por su parte, era la elegancia personificada”. Los dos se vigilaban de cerca, se admiraban. Monty fue el primero en negarse a las normas de Hollywood que pretendían encasillarlo como un héroe romántico convencional.

El éxito suele ir acompañado primero de ansiedad, después llegan el insomnio, las pastillas, Nembutal, Doriden, Luminal, Seconal, las drogas potenciadas por el alcohol y finalmente aparece la atracción del abismo, que es la adicción más potente. Este trayecto lo recorrió Montgomery Clift a conciencia. Exhibía su homosexualidad como una sofisticada herida. “No lo entiendo, en la cama quiero a los hombres, pero realmente amo a las mujeres”, decía. Con Elizabeth Taylor mantenía una relación íntima, en absoluto sexual. Al principio era suavemente alcohólico, suavemente drogadicto, con el control suficiente para atemperar la presión de la fama. Y estaba en la cumbre cuando se le atravesaron los dioses en su camino. Sucedió en el amanecer del 12 de julio de 1956, después de una cena en la mansión de Liz Taylor en Coldwater Canyon, Malibú, adonde Monty había acudido con desgana, sin afeitarse siquiera, después de haber recibido cinco llamadas de su amiga que insistía en verle aquella noche. Había muchos amigos. Allí estaba Rock Hudson, Kevin McCarthy, Jack Larson. Bebieron. Pusieron discos de Sinatra y de Nat King Cole.
Montgomery Clift sobrevivió al accidente y aun vivió diez años más, incluso un día le regaló a su amiga uno de aquellos dientes como recuerdo, pero realmente su muerte se produjo aquella noche mientras se desangraba en el regazo de Liz Taylor. En ese tiempo estaban rodando juntos El árbol de la vida, una película sobre la guerra de Secesión, en la que la Metro había invertido cinco millones de dólares, su presupuesto más elevado hasta entonces. El rodaje iba ya por la mitad cuando ocurrió el accidente. Monty se convenció a sí mismo de que podía seguir. Si había perdido su hermoso aspecto, tendría que acomodarse a su nuevo rostro, eso era todo. La película se terminó ocultando las cicatrices de la frente, la parálisis de su mejilla izquierda, el labio superior partido. Toda la magia había pasado a poder de los maquilladores. En algunos planos aparecía todavía el antiguo ángel, en otros asomaba ya el futuro demonio. Seguiría siendo un excelente actor. Después rodó otras películas de éxito, El baile de los malditos, Río salvaje, Vencedores y vencidos, Vidas rebeldes. Al principio se consoló pensando que todos los dioses de mármol extraídos de cualquier ruina también tenían la nariz rota, la boca partida y la mandíbula destrozada y, no obstante, seguían siendo dioses.

Montgomery Clift sufre el accidente de coche (12 de mayo de 1956)

La cena íntima que hubo el 12 de mayo de 1956 en casa de Elizabeth Taylor, en lo alto de las colinas de Coldwater Cayon, se celebraba en honor de Montgomery Clift. Monty era el mejor amigo de Elizabeth desde que rodaran A place in the sun (Un lugar en el sol, 1951).
Por entonces, Monty Clift se encontraba en la cúspide de su carrera. Era el primer actor que había desafiado con éxito el sistema tiránico de los estudios de Hollywood donde ni siquiera residía. Se había negado a encasillarse como héroe romántico convencional. Por el contrario había representado una serie de personajes complejos, originales e inconformistas en películas como Río Rojo, Los ángeles perdidos y De aquí a la eternidad, habiendo sido ya nominado 3 veces a los Oscar.
Después de un largo tiempo sin rodar, desechando continuamente los guiones por su perfeccionismo neurótico, que le llegaban (siempre a él primero), se animó a acompañar nuevamente a Liz en un proyecto colosal que la Metro había preparado como el nuevo "Lo que el viento se llevó".
Desde el primer momento veía el guion de Raintree County (El árbol de la vida, 1957) como un folletín soso y no creía tener credibilidad para interpretar a los 36 a un ingenuo muchacho del Sur de 17 años en los albores de la Guerra de Secesión. Se encontraba agotado porque rodaba prácticamente todas las escenas del filme y el acuciante dolor físico y emocional que sentía no lograba aplacarlo con alcohol y pastillas.
Aquella tarde el teléfono sonó insistentemente en Dawn Ridge Road, la casa alquilada por el estudio donde descansaba Monty. Había despedido a su chófer (llevaba años sin conducir y había tenido un par de pequeños accidentes) y se encontraba muy cansado. Liz insistía que fuera porque había un sacerdote amigo de la familia que quería conocerlo tras el papel del Padre Logan de I Confess (Yo Confieso, 1953). Pero lo que temía Monty era ser nuevamente el confidente de Liz y Michael Wilding, matrimonio que ya hacía aguas. Finalmente accedió a reunirse.

Kevin McCarthy, uno de los mejores amigos de Monty recuerda el ambiente tenso y decadente de la velada. El sacerdote finalmente no se presentó, se encontraba Rock Hudson con su secretaria Phyllis Gate (con la que más adelante se casaría para ocultar su homosexualidad) y Michael Wilding con problemas de espalda estaba tendido en un sofá malhumorado. Los únicos que hablaron fueron Liz y Monty, a quien él llamaba cariñosamente Bessie Mae.
En el ambiente sonaban discos de Nat King Cole y Frank Sinatra y se servía el cálido rosé que los Wilding tenían en abundancia. Monty había acudido sin afeitar, con su habitual aspecto desaliñado de pantalón de franela y camisa blanca, con sus gafas de pasta dura negras y McCarthy le recuerda taciturno y deprimido sentado en el suelo. Según él sólo tomó una copa, otros aseguran que bebió en exceso como también era habitual. Decidió irse al empezar a anochecer. Confió que le daba miedo la niebla que había y Kevin se ofreció a acompañarlo guiándole por delante.
- Kevin tiene que ayudarme a bajar la montaña o me pasaré roda la noche dando vueltas por ella- fueron las últimas palabras de Monty al despedirse del grupo.
Antes de subirse a cada coche, Monty le confió a su amigo nuevamente lo disgustado que estaba con la película que veía tan mala exclamando "¡Cómo odio todo esto!" al referirse a Hollywood.
Relato del accidente según el actor Kevin McCarthy es el siguiente:
"De pronto miré por mi retrovisor y vi que Monty estaba demasiado próximo. Se me ocurrió que iba a gastarme una de sus habituales bromas, dando un golpecito a mi coche. De modo que pisé el acelerador. El coche de Monty parecía casi encima del mío. Me pegunté si sufriría un ligero desvanecimiento y me asusté. Pero estábamos en plena curva y era peligrosa. Nos desviamos, rechinando los neumáticos en a oscuridad. Detrás de mí vi las luces de los faros de Monty oscilando de uno a otro lado de la carretera y luego oí un estrépito terrible.
Una nube de polvo apareció en mi retrovisor. Corrí e aquella dirección. El coche de Monty aparecía arrugado contra un poste de telégrafo. Olía a gasolina y el motor seguía funcionando. Conseguí estirarme por la ventanilla y apagar el motor pero no veía a Monty. Corrí hacia mi coche e iluminé con sus faros el de Monty. Entonces lo vi enroscado bajo el salpicadero. Tenía el rostro desgarrado, como una pulpa sanguinolenta: le creí muerto.
Volví a la casa temblando y golpeé en la puerta. ¡Ha sucedido un terrible accidente. No sé si Monty vive o ha muerto, buscad una ambulancia, rápido!, grité. Mike Wilding y yo tratamos de evitar que Elizabeth nos acompañara, pero ella se revolvió contra nosotros como una tigresa. ¡No, no. Voy a ver a Monty!, gritó. Y se precipitó por la colina".
Cuando llegó, el coche estaba tan aplastado que no podía abrirse la puera delantera, de modo que Liz se introdujo por la puerta posterior y reptó sobre el asiento. Le cogió la cabeza a Monty y la puso sobre su regazo. Monty estaba semiinconsciente y exhaló un gemido. Entonces empezó a atragantarse, señalándose el cuello: tenía dos dientes incrustrados en la garganta. Entonces ella introdujo sus dedos y le arrancó los dentes. De no ser así, en ese preciso momento, Montgomery Clift hubiera muerto asifxiado. Después, Monty le regalaría los dos dientes engazados en oro como recuerdo.
Cuando llegó el doctro Rex Kennamer, Monty logró murmurar entre sus sangrados e hinchados labios:
- Doctor Kennaer, le presento a Elizabeth Taylor.
Entre Rock Hudson y el doctor Kennamer lograron sacar a Monty del coche. Éste recuerda el estado de Monty:
"Fue un milagro que viviese. Sangraba desde profundos desgarrones en la mejilla izquierda. Tenía la nariz rota, la mandíbula y aplastado el seno nasal. También sufría conmoción cerebral. No se le hizo cirugía plástica cuando ingresó en quirófano. Se le reconstruyó principalmente la mandíbula". (Más adelante postearé la carta que Monty escribió a su hermano Brooks durante su estancia en el Cedars'Sinai).
Montgomery Clift sobrevivió aquella noche y vivió otros 10 años antes (The longest suicide in Hollywood). Pero su auténtico fallecimiento se produjo mientras se desangraba semi-inconsciente en brazos de Liz Taylor. Ya nada volvería a ser igual.

El bello Monty Clift vivió hasta su muerte sin espejos, en casas con cortinas negras en las ventanas. En su camino hacia la destrucción necesitaba el alcohol cada día más duro, las drogas más fuertes, los amantes más perversos y también los cirujanos plásticos más diabólicos. En la bajada al infierno tuvo dos guías. Uno era Giles, un joven francés de 26 años, esbelto, de ojos rasgados, diseñador, modelo, que le proporcionaba chicos del coro y atendía todos sus vicios hasta llevarlo al final de un largo camino de depravación al Dirty Dick’s, un antro de la calle Christopher, famoso entre homosexuales portuarios, marineros y matarifes del mercado de la carne. En el Dirty Dick’s había que apartar una cortina pesada, grasienta para entrar en un cuartucho oscuro donde sobre una mesa de quirófano se tendía Montgomery Clift para que unos rufianes, travestis con trajes de cuero, le escupieran, lo golpearan y orinaran sobre su rostro. Había una confusión de gritos como de pelea de gallos con apuestas, a la que solo le faltaba una llamarada partida por una carcajada del diablo. La policía acudía a alguno de sus amigos. “Sáquenlo de ahí. Nosotros no podemos hacer nada sin un mandamiento judicial”. Cuando los amigos llegaban para rescatarlo, los curiosos que asistían a aquella representación gritaban que no se lo llevaran.
Otro conductor hacia el infierno se llamaba Manfred Von Linde, un cirujano sospechoso de haber matado a su mujer, un miembro falsario de la nobleza, barbilampiño, acompañante de viudas millonarias a bailes de sociedad, quien proporcionaba cadáveres a un famoso gabinete funeral de homosexuales de la Sexta Avenida. Allí por 50 dólares se podía tener relaciones íntimas con un fiambre exquisito. Este cirujano plástico operó el rostro de Monty en distintas sesiones en busca de su alma. No la encontró. Freud, dirigida por John Huston, fue una de sus últimas películas. Nunca nadie interpretó como este actor la lucha del inconsciente contra la propia máscara. Texto: Manuel Vicent.

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